9 de febrero de 2011

Andrés

Ser la menor de dos hermanos era genial. Ser nena, la nena de papá, era genial. Podía usar vestidos de muchos colores, y coleccionar figuritas de Sara Key, que eran geniales. Mi mamá me peinaba y me hacía colitas y trenzas geniales. Si jugaba con los varones, nunca me pegaban (o al menos no tan fuerte), y eso era genial. Tuve siempre una sonrisa amplia y simétrica, que a la gente mayor le gustaba, por lo que siempre me mimaban y me regalaban cosas. La niñez era genial.

Todo fue mas o menos así de bueno, hasta el cuarto grado de primaria. Era el año 1994, en un salón de la Escuela Nº 10. Los días eran más o menos los mismos. Las caras eran las mismas todos los días, a veces con un aparato de ortodoncia más, a veces con un diente menos. Dentro de todo, éramos un grado bastante tranquilo. Salvo por ella.
Nuestra compañera Verónica era uno de los espíritus más salvajes del aula y del colegio entero. Siempre atormentando a todos con sus preguntas delirantes, con sus golpes sorpresivos, sus gritos agudísimos y sus burlas crueles.
Para suerte de algunos, un día faltó a clases. Luego otro. Y otro. Y otro.
¿Qué le había pasado a Verónica? Yo no la extrañaba, porque si bien ella me decía “amiga”, a mí me inspiraba más miedo que respeto o cariño, y su ausencia me tranquilizaba. Pero sí era raro que faltara tanto, y nos hizo querer saber sobre ella.

A la semana siguiente, volvió. Todos queríamos saber por qué había faltado. Entonces, la señorita Sonia (que realmente era una señorita, no como otras viejas gordas de 3ºB), nos anunció que tendríamos una charla para explicar las misteriosas faltas de nuestra compañera.

Verónica era un tanto mal llevada: pocos eran los que no se habían insultado o trompeado con la niña del pelo más largo y lacio del salón. Y muchos creyeron que la charla que profesaba la señorita era sólo una manera más de ser reprendidos por una injusta y falsa acusación de la mentirosa niña cara de torta. Pero no. Entraron al aula una pareja de doctores, que separaron el grupo, por géneros, en aulas separadas. En el aula de las niñas proyectaron un video sobre el cuerpo femenino, el en que se explicaba el hecho más horroroso que la naturaleza podría concebir: La menstruación.

Eso le había pasado a Verónica. Por eso, faltó una semana. ¿Cómo la Iglesia podía permitir algo así? Era un horror. Todas las nenas quedamos muy aturdidas por aquella verdad tan cruda que se nos acababa de revelar. Y para martirizarnos aún más, nos habían regalado una toallita femenina con alas, a modo de morboso souvenir.

Pero más allá del cachetazo que mi niñez hubo recibido, de no poder entrar al baño sin sentir vértigo por el miedo de encontrar un rastro escarlata, hubo un par de cosas que me molestaron mucho más. Primero, descubrir la injusta diferencia entre el hombre y la mujer. Y segundo, que me parecía una ironía de muy mal gusto que, justo la más machona del grado, fuera la primera en convertirse en Señorita.

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